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Para algunas empresas, en esta época del año, es habitual experimentar cambios en sus horarios de trabajo: se suele pasar de la tradicional jornada partida a una continua o intensiva.

Estos cambios abren el debate sobre las ventajas y desventajas de estos modelos de distribución del trabajo, y de su implantación en el mercado laboral.

Según la Fundación Europea para la mejora de las condiciones de vida y de trabajo (Eurofound), los españoles pasan en el trabajo una media de 1.720 horas al año; 26 más que los ingleses, 41 más que los italianos, 58 más que los suecos o 65 más que los alemanes.
Sin embargo, la productividad de esas horas es más baja que la de otros socios europeos. La oficina Eurostat señala que la productividad por hora de los españoles es de 107,1 puntos, algo por encima de los 100 puntos de media de la UE, aunque lejos de los 124,8 puntos de Alemania o los 132,5 de Bélgica.

Es decir, los españoles están más tiempo en su puesto de trabajo, pero sacan menos rendimiento de esas horas.
Un estudio del Gobierno Vasco señala que la productividad puede estar directamente relacionada con la jornada partida. Según este estudio, España podría ganar hasta un 23,3 % de productividad con una jornada laboral continua/intensiva, un sistema instalado en Reino Unido o Alemania.
Esta investigación señala que en la jornada partida se tiende a extender el número de horas, pero que también produce intervalos irregulares y de baja producción.
Por su parte, apoyando estas conclusiones, La Comisión para la Racionalización de los Horarios (ARHOE) sostiene que la jornada continua aporta eficiencia y ahorra energías.
Dentro de la jornada continua, se han distinguido dos tipologías en los últimos tiempos:
  • Jornada continua sin pausa: habitualmente, el establecimiento de un horario fijo de siete u ocho horas, con media hora para comer; no hay cortes largos.
  • ​​Jornada de tipo europea-flexible: una jornada sin pausas pero alejada de horarios rígidos, con una permanente posibilidad de variación y adaptación a las circunstancias de la empresa o el trabajador.
En cuanto a la jornada continua sin pausa, la primera empresa que aprobó este modelo en España fue la eléctrica Iberdrola. Sus directivos sostienen, en declaraciones al diario ABC, que su productividad ha aumentado en 500.000 horas semanales desde su implantación oficial.
Un ejemplo reciente del establecimiento de la jornada flexible es el del Banco Santander, que ha puesto en marcha el ‘flexiworking’ con el objetivo de que cada empleado gestione su horario y trabajo. En pocas palabras, el trabajador se regula solo.
En esta línea de experimentación también se ha pronunciado el millonario mexicano Carlos Slim, que propuso, durante su ponencia en el XX Encuentro Anual de la Fundación Círculo de Montevideo, reducir la jornada laboral semanal a 11 horas distribuidas en tres días.
Para las empresas, por tanto, este cambio a una jornada continua o flexible significa un aumento de la productividad y del rendimiento, pero también la posibilidad mejorar el clima laboral y de obtener la motivación necesaria para alcanzar mejores resultados a largo plazo. Se refuerza el employer branding y también se reducen costes.
El ahorro en infraestructuras y servicios será importante si se concentran o distribuyen mejor las horas de trabajo.
Esta eficiencia también puede ser positiva para el trabajador; conciliaría con más facilidad la vida personal con la laboral. La conciliación entre trabajo y vida privada consta como uno de los principales factores por los que los trabajadores se irían o quedarían en una compañía, según el informe sobre employer branding, Cuando la percepción puede convertirse en realidad.
La jornada continua y la flexibilidad en los horarios aportan cambios importantes en las relaciones de productividad y satisfacción, tanto para las empresas como para los trabajadores. ¿Has considerado cambiar de empleo en función del tipo de jornada ofertada?

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